Panorama para 2017

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Este año volverá el crecimiento a la Argentina. Después de todo, las economías no mueren y luego de la crisis viene la recuperación, igual que como sucedió en 2014 y 2015.

Sin embargo, hoy hay diferencias entre esos dos períodos que permiten ser incluso más optimistas. La diferencia entre 2014 y 2016 es que los cambios que empezaron con la nueva gestión son percibidos como permanentes.

El cepo cambiario ya no existe, y el sistema cambiario es uno de flotación limpia (con intervenciones puntuales) en el marco de metas de inflación.

Además, el fin de las retenciones y el ajuste de tarifas –que ahora se hará anualmente con audiencias públicas- también muestran cambios permanentes, y ofrecen beneficios a los sectores productores del campo y de la energía, lo que ayudará a contrarrestar el impacto negativo de las medidas tomadas y servirá de punta de lanza de la recuperación.

En 2015 la recuperación existió, pero también continuaba el sistema de control cambiario y el gobierno de Cristina Fernández, con la amenaza permanente de una profundización del modelo que había generado los desequilibrios.

Análogamente a 2015, 2017 mostrará un rebote de la caída de 2016. Pero a eso hay que agregarle las mejoras reales en la productividad, derivadas de:

 

  • Reducción de impuestos y trabas a la exportación (cepo, retenciones, ROE).

 

  • Mejor calidad institucional (más libertad económica, mejor clima de inversión).

 

  • Mayor integración con el mundo.

 

En este marco de nuevas políticas económicas, vemos un escenario optimista con un crecimiento de la actividad económica de 4%, y uno menos optimista de 3,0% en 2017. La activi-dad económica avanzará en 2017 producto de la recuperación de los sectores anteriormente castigados de la economía, y también por la recuperación del consumo producto de la baja de la inflación.

Sobre este último tema, nuestro escenario optimista es una inflación en línea con el objetivo del Banco Central, del 17% en diciembre en comparación con diciembre de 2016. Esto como respuesta a una política monetaria de metas de inflación, cuyo instrumento clave es la tasa de interés, y que ha dado buenos resultados en países tan disímiles como Chile, Israel y Nueva Zelandia.

En el peor escenario, la inflación estaría apenas por encima de 20%, producto de una emisión monetaria mayor a la prevista y una coordinación de expectativas que se aleje del objetivo deseado. De cualquier forma, en ambos escenario estaríamos hablando del aumento de precios más reducido en 7 años y con una tendencia marcada hacia la baja, mejorando las condiciones macroeconómicas del país.

Respecto del precio del dólar, seguimos viendo una tendencia a la apreciación en términos reales. De terminar este año en $ 15,8, el año que viene el dólar podría cerrar el año entre $ 18 y $ 18,5; lo que implicaría un movimiento hacia arriba de entre 13,9% y 16,8% para 2017 diciembre contra diciembre.

El motivo de esta menor suba del tipo de cambio en comparación con la inflación está en el ingreso de capitales, que se dará por tres vías. En primer lugar, un superávit de la balanza comercial. En segundo lugar, ingreso de divisas en concepto de inversión extranjera directa. En tercer lugar, llegada de dólares para financiar el gasto deficitario del gobierno. Estos tres conceptos superarán la salida de divisas, colaborando con la apreciación cambiaria real.

Riesgos hacia adelante

A pesar de ver crecimiento con desinflación en el 2017, no podemos dejar de destacar tres riesgos importantes que podrían, o bien debilitar el vigor de la recuperación, o bien emerger con fuerza en 2018, generando un crecimiento muy inferior al proyectado por el gobierno.

Los tres riesgos que vemos hacia adelante son: el gradualismo fiscal financiado con deuda, el atraso cambiario y la presión fiscal.

Gradualismo fiscal financiado con deuda. El gobierno eligió una estrategia gradual para encaminar el problema de enorme déficit fiscal que heredó del gobierno anterior. Esto le exige tomar deuda tanto en el mercado local como en el internacional. El problema es que cuando toma deuda en el mercado local se genera un efecto “crowding out” de la inversión privada, lo que ralentiza la recuperación y no lleva a una asignación eficiente de recursos, deteriorando la productividad de la economía.

Si el gobierno coloca deuda en los mercados internacionales, entonces los dólares que están en el país son superiores a lo que la actividad económica por sí sola generaría y aparece la apreciación real del tipo de cambio. Este tema lo tocaremos en el siguiente inciso.

Por último, el endeudamiento, tarde o temprano, impone un límite al crecimiento económico, ya que comienzan a aparecer las dudas sobre la capacidad de pago del gobierno. Cuando eso sucede, la incertidumbre crece, las tasas de interés suben y el freno de la actividad económica le sigue.

Atraso cambiario. Si el gobierno coloca deuda en los mercados internacionales, y la cantidad de divisas excede su demanda, entonces el tipo de cambio se aprecia en términos reales. Esto afecta negativamente al sector exportador, y también fomenta la compra de importaciones, complicando la supervivencia de los productores locales.

Presión fiscal. A pesar de haber reducido algunos impuestos, el gasto público no muestra señales de reducirse. Y el gasto público, a la larga, son más impuestos, ya sea porque deba financiarse con inflación (impuesto inflacionario), o porque haya que subirlos en algún momento para cancelar deuda.

Además, se ven proyectos que modifican el impuesto a las ganancias pero imponen, al mismo tiempo, nuevas escalas más altas para ciertos niveles de ingresos, y sectores de la oposición proponen gravar la renta financiera. Es decir que no solo estamos en un escenario de presión fiscal récord sino que incluso podría incrementarse en los próximos años. Esto será un peso adicional para nuestro sector productivo y podría minar las bases de una recuperación sostenible en el tiempo.

 

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